jueves, 21 de septiembre de 2017

EL 150 ANIVERSARIO DE LA PUBLICACIÓN DE “EL CAPITAL”. KARL MARX.

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“El carácter clásico de la obra de Marx consiste, a mi juicio, en la centralidad del análisis social de la producción económica capitalista y la evidencia de sus contradicciones intrínsecas, lo que le permitió elaborar una teoría sobre la génesis, la constitución y la dinámica de la sociedad burguesa. Después de la obra de Marx, ninguna otra construcción científica fue capaz de explicar y comprender tan rigurosamente en la perspectiva historia y crítica las condiciones objetivas que propician la diversificación y la complejidad de la vida social en la sociedad en la que vivimos”.

“Lo que Marx nos ofrece en El Capital (en el libro primero está la fundamentación) es la teoría que expresa, en las tendencias más esenciales, el movimiento histórico real de lo que conocemos como capitalismo.

“En las investigaciones que realizó, basadas en la dialéctica de Hegel, Marx descubrió el mecanismo fundamental sobre el cual se erige la sociedad burguesa: la exploración del trabajo por el capital. Transcurridos un siglo y medio desde la publicación de El Capital, la organización económica y social de la nuestra sociedad se transformó de manera profunda, evidentemente - el capitalismo del siglo XXI no es el capitalismo del siglo XIX. Pero el capitalismo en su constitución solo puede basarse en la explotación del trabajo - no existe capitalismo sin la explotación del trabajo por el capital. Marx no fue ni un profeta ni un creador de utopías: fue un riguroso teórico y lo esencial de sus descubiertas se mantiene como el fundamento necesario para el análisis de la sociedad contemporánea”.

¿Cuáles son los principales conceptos estructurados por Marx en El Capital?
Marx en El Capital, tras una exhaustiva investigación, demostró que:
El capitalismo tiene un extraordinario dinamismo para la producción de riquezas materiales y ejerció un rol civilizador históricamente;
El capitalismo revela, a medida que se desarrolla, contradicciones que se manifiestan en sus crisis periódicas.
Del mismo modo, el rol civilizador del capitalismo se atrofia y se convierte en su antípoda, la barbarización de la vida social;
A partir de su plena maduración, el capitalismo engendra fuertes tendencias al bloqueo de su propia dinámica;
El capitalismo no es la expresión de un pretendido orden natural, ni aún menos el fin de la historia: es una modalidad temporal, transitoria y reemplazable de la organización de la producción y de la distribución de las riquezas sociales”. Rebelión. Entrevista al Maestro Universitario José Paulo Netto, docente de la Universidad de Río de Janeiro.

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EL 150 ANIVERSARIO DE LA PUBLICACIÓN DE “EL CAPITAL”. KARL MARX.
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Nick Beams.
WSWS.
Miércoles 20 de setiembre del 2017.


El 14 de septiembre fue el 150 aniversario del primer volumen de El capital. La obra de Karl Marx marcó un punto de inflexión en el desarrollo intelectual e histórico de la humanidad. Su publicación reveló las leyes de la dinámica de la sociedad capitalista y, lo más importante, transformó la lucha por un mundo libre de explotación y por el establecimiento de una libertad humana verdadera —la lucha por el socialismo— de un asunto de esperanza y anhelo a una cuestión de ciencia.
El 16 de agosto de 1867, a las dos de la mañana, después de haber revisado las últimas pruebas de imprenta, Marx le escribió a su amigo y colaborador de toda la vida, Frederick Engels, “Entonces, este volumen está terminado. Te lo debo sólo a ti. Sin tu autosacrificio por mí, no habría sido posible lograr el inmenso trabajo que demandaba…”.
Recapitulando el enorme logro que significó este trabajo, Engels explicó en la sepultura de Marx unos dieciséis años después que, al igual que Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx había descubierto la ley del desarrollo de la sociedad humana y la historia.
Antes de Marx, el estudio de estas cuestiones era dominio del misticismo religioso o de preceptos e ideologías moralistas. Marx estableció que la sociedad humana no podía explicarse a partir de sus concepciones ideológicas —sea el arte, la política, la filosofía, el espíritu de la época, etcétera—, sino de su desarrollo económico, desde el cual brotan sus instituciones y concepciones ideológicas.
Estas concepciones forman la base del Manifiesto Comunista, el cual fue publicado en noviembre de 1847. Los siguientes veinte años vieron una dedicación enorme a aplicar esta nueva teoría al estudio de la sociedad capitalista moderna.
Citando extensamente de una reseña de su primera edición de El Capital, Marx delineó su procedimiento en el epílogo de su segunda edición. “Marx”, había escrito su crítico,
“se preocupa por hacer una sola cosa: demostrar mediante una investigación científica exacta y constatar, de la forma más impecable posible, los hechos de los que parte y en los que depende. Para ello, basta con que pruebe, ambas, la necesidad del orden actual de las cosas y la necesidad del nuevo orden al que inevitablemente le tiene que dar lugar… Marx trata la dinámica social como un proceso de historia natural, gobernado por leyes que no son sólo independientes de la voluntad, consciencia e inteligencia del ser humano, sino, al contrario, que determinan dicha voluntad, consciencia e inteligencia”.
En esto, Marx no mantiene de ninguna manera que el capitalismo iba simplemente a colapsar. Era necesario que lo trajera abajo su enterrador histórico, la clase obrera, la fuerza social creada por el desarrollo del propio capitalismo. De no llevarse esto a cabo, supondría la ruina de la civilización.

A pesar de que Marx sentó su obra sobre el más rigoroso análisis científico, no la realizó propiamente por un interés científico, sino desde la perspectiva de un revolucionario procurando equipar a la clase obrera con las armas teóricas necesarias para derrocar el capitalismo y llevar a la humanidad a una forma más elevada de sociedad.
Estos dos aspectos de su obra están indisolublemente conectados. La clase trabajadora no podría llegar al poder, insistía Marx, al menos de que estuviese armada con un análisis científico del orden social contra el cual fue arrojada en lucha. Al mismo tiempo, sus cruciales avances en el estudio científico del capitalismo sólo fueron posibles porque Marx era un revolucionario, manteniendo una actitud crítica hacia la sociedad capitalista y buscando penetrar y desenmascarar las formas ideológicas que encubrían su verdadera naturaleza. Cabe notar, en este sentido, que el subtítulo de El capital es “Crítica de la economía política”.
Después de ser publicado, los círculos intelectuales burgueses en gran medida lo ignoraron, pero las concepciones y análisis de la obra fueron ganando tracción. Fue traducido en varios idiomas y, en cuestión de unas pocas décadas, ya se había convertido en la “biblia de la clase obrera”. Más allá de presentar un análisis sobre el origen de la voracidad del capitalismo, le dio una perspectiva histórica y política a un movimiento obrero que se expandía.

Dicha perspectiva no se hubiese concretado sin el decisivo avance de Marx en la ciencia de la política económica. Como todos los otros eminentes pensadores científicos, Marx se basó en los avances de sus predecesores, primordialmente los dos principales representantes de la economía política clásica, Adam Smith y David Ricardo.
En el periodo en que la burguesía surgía como clase y como una fuerza social progresista, ellos se dedicaron a realizar una investigación científica sobre la sociedad que nacía en ese momento, el capitalismo industrial. A raíz de un estudio de la economía burguesa, lograron descubrir la ley del valor-trabajo (LVT): que la proporción en la que se comercian las mercancías (su valor) es determinada por el tiempo de trabajo que incorporan.
 


Sin embargo, esta ley se encontró con una contradicción en la sociedad burguesa. ¿Cómo era posible que hubiese ganancias si lo que se intercambian son valores equivalentes, como lo indica la LVT? Más allá, ¿cómo es que, en la transacción más importante de toda la sociedad burguesa, aquella entre el capital y la fuerza de trabajo, la LVT parece no encajar?

La respuesta a esta pregunta —de cómo surgen las ganancias en concordancia con la LVT— estuvo en el centro de los esfuerzos intelectuales de Marx en las dos décadas previas a su publicación de El capital.

La solución la iba a encontrar en un análisis y examinación de las contradicciones de la célula de la sociedad capitalista, la mercancía. El trabajo que ella encarna no tiene como destino su uso individual, sino su intercambio. Tomando este punto de partida,
El capital comienza así: “La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un ‘enorme cúmulo de mercancías’ y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía”.
Marx demuestra que la mercancía es una unidad de contrarios: del valor de uso y el valor de cambio. El análisis de esta contradicción pasa por una examinación a la forma del valor, al origen del dinero y el capital y la fuente del misticismo ideológico generado por la economía capitalista en sí —lo que Marx llamó “el carácter fetichista de las mercancías”—.
Fue precisamente a través de este análisis de las mercancías, el dinero y el capital que Marx descubrió el secreto del plusvalor, el cual surge del hecho de que lo que el trabajador le vende al capitalista no es su labor, sino su fuerza de trabajo o capacidad para trabajar. A cambio, recibe lo correspondiente a su valor —la cantidad que necesita el trabajador para darse sustento y a su familia, a fin de procrear de la próxima generación de trabajadores—.

Sin embargo, el valor de uso de la fuerza de trabajo, materializada en el proceso de producción y perteneciente al capitalista por ser su comprador, tiene la capacidad de generar un valor adicional o una plusvalía. Este plusvalor aparece por el hecho de que el obrero reproduce el valor de su fuerza de trabajo correspondiente a sólo una porción de la jornada laboral, mientras que el resto del valor creado durante esta jornada termina en manos del capitalista.
En otras palabras, el plusvalor y las ganancias no son generadas en contradicción con la LVT, sino en acordanza con esta ley económica. La explotación y todo lo que fluye de ella son el resultado de las leyes de la economía capitalista en sí. Este descubrimiento también estableció, sobre una base científica, el papel revolucionario de la clase obrera en la sociedad capitalista.

El significado de haber descubierto el plusvalor fue subrayado por Engels, algo que no ha perdido su relevancia del todo en la sociedad contemporánea, en la que miles de millones de personas en todo el mundo son cada vez más hostiles hacia la economía capitalista.

Engels ha indicado que el socialismo antes de Marx criticó a la sociedad capitalista y sus consecuencias, a veces incisivamente. “Pero no pudo explicarlas ni, por ende, ejercer control sobre ellas. Sólo pudo simplemente rechazarlas como malas”.
Era necesario presentar el modo capitalista de producción en su plano e inevitabilidad históricos en un periodo dado, junto con su inevitable caída, además de
“revelar su carácter esencial, el cual todavía era un secreto, ya que sus críticos habían atacado sus consecuencias perniciosas en vez del proceso de la cosa en sí. Esto se logró mediante el descubrimiento del plusvalor”. Engels añade que, gracias a ello y a la teoría del materialismo histórico, el socialismo se convirtió en una ciencia.

La burguesía y sus representantes ideológicos comenzaron intentando ignorar El Capital. Pero, al expandirse su influencia, buscaron refutarlo. Cuando no pudieron hacerlo, recurrieron a mentiras y falsificaciones. Pero, sus esfuerzos fueron en vano.
Pese a que Marx, por supuesto, no podía analizar absolutamente todos los detalles de la economía capitalista ni anticipar todos los aspectos de su desarrollo histórico, ninguna otra obra presenta un análisis de sus mecanismos fundamentales.
Partiendo del descubrimiento del secreto del plusvalor, Marx fue capaz de revelar la inevitabilidad de las crisis y la inherente contradicción entre la expansión de las fuerzas productivas y el sistema de relaciones sociales basado en el trabajo asalariado y la producción de mercancías, algo reflejado en la baja tendencial de la tasa de ganancia.
Nadie más ha provisto un análisis científico de las fuerzas motrices de la explosiva contradicción entre la apropiación privada de las ganancias y el carácter socializado de la producción, un choque reflejado tanto en forma de catastróficas crisis económicas y financieras como en la devastación social ocasionada por huracanes, como se vio recientemente en Estados Unidos.

Ninguna otra obra ha explicado por qué, en cara a un enorme aumento de la productividad del trabajo que podría impulsar a toda la humanidad hacia adelante, la desigualdad social y la privación incrementan, mientras que la acumulación toma más y más la forma, como Marx lo explicó, de descomunal riqueza en un polo y pobreza, miseria y degradación en el otro.

La burguesía y sus representantes seguirán tacando El capital y sus conclusiones revolucionarias. Pero los hechos son innegables.
Los trabajadores y jóvenes que están ingresando en luchas contra las condiciones del sistema capitalista que analizó Marx encontrarán en El capital la guía más segura para entender a qué se enfrentan y para una orientación y perspectiva científicas.
Sin embargo, asimilar tal obra no es simple. Como explicó el mismo Marx, no existe una vía real hacia la ciencia. Se tiene que invertir esfuerzo, pero los frutos son valiosos y perdurables. Los que lean El capital no sólo se verán armados con un entendimiento del origen de los inmensos y crecientes problemas que confrontan y una perspectiva con la cual luchar, sino que tratarán con una de las obras maestras de la literatura global. Aparte de Shakespeare, nadie más ha contribuido tanto al desarrollo del lenguaje.

Por ende, qué el 150 aniversario de su publicación sea también la ocasión para reanudar un estudio de El capital a fin de completar la perspectiva que avanza: la creación de una sociedad verdaderamente humana, basada en la propiedad común de los medios de producción creados por la fuerza de trabajo, en donde la explotación quede relegada a los museos y, como el Manifiesto Comunista lo expresa, la sociedad burguesa y sus antagonismos de clase sean reemplazados con “una asociación en la que el libre desarrollo de cada persona sea la condición para el libre desarrollo de todos”.


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miércoles, 20 de septiembre de 2017

LA INDISPENSABLE RECONSTRUCCIÓN DE LA INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES Y DE LOS PUEBLOS.

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Londres 1864. La Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) -conocida hoy como I Internacional- fue fundada exactamente hace 153 años, en 1864, en Saint-Martin´s Hall en Londres por un Congreso obrero europeo convocado por los sindicatos ingleses. El Consejo Central elegido en aquella ocasión pidió a Karl Marx redactar su Llamamiento inaugural, discurso y documento fundador del movimiento obrero moderno. Texto que concluye con la célebre fórmula: La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”. Las corrientes libertarias, en particular proudhonianas, formaron parte de la AIT desde el principio, y sus relaciones con los socialistas marxistas no fueron solo conflictivas. Entre los partidarios de Marx y los representantes de la izquierda del proudhonismo, como Eugéne Varlin y sus amigos, se llevaron a cabo algunas convergencias contra los proudhonianos más de derechas, partidarios del “mutualismo”, proyecto económico fundado en “intercambio igual” entre pequeños propietarios. En 1868, en el Congreso de Bruselas de la AIT, la alianza de estas dos corrientes condujo a la adopción -bajo la égida del militante libertario belga César de Paepe- de un programa “colectivista”, es decir que defendía la propiedad colectiva de los medios de producción: la tierra, los bosques, las minas, los medios de transporte y las máquinas /1. Retrospectivamente, la resolución sobre los bosques aparece como una de las más actuales: Años más tarde los anarquistas - libertarios, proudhonianos, colectivistas - salieron del seno de la Internacional y fundaron sus “propia internacional libertaria, anarquista” o “internacional negra”, por el papel divisionista que desarrollaron en el Movimiento Internacional.

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Por la Internacional. El heroísmo de los Comuneros: "la clase obrera era capaz de tomar el cielo por asalto". Carlos marx.
El Himno de la Internacional y de los Trabajadores del mundo, escrito, cantado en los días gloriosos de La Comuna de París, (marzo a mayo) de 1871, tiempo histórico y político, cuando el proletariado francés toma el Poder, el gobierno de Francia ante la traición de las clases dominantes y su entrega del país al imperio de Prusia.
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LA INDISPENSABLE RECONSTRUCCIÓN DE LA INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES Y DE LOS PUEBLOS.
A 150 años de la Publicación del Primer Tomo de El Capital de Carlos Marx.
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Samir Amin.

ALAINET.

Miércoles 20 de setiembre el 2017.


1.- El sistema instaurado desde hace una treintena de años se caracteriza por la extrema centralización del poder en todas sus dimensiones, locales e internacionales, económicas, políticas y militares, sociales y culturales.

Unas cuantas miles de empresas gigantescas y algunos centenares de entidades financieras, asociados en alianzas cartelizadas, han reducido los sistemas productivos nacionales y globalizados a la condición de subcontratados.

De esta manera, las oligarquías financieras acaparan una parte creciente del producto del trabajo y de la empresa, convertido en renta para su exclusivo beneficio.

Una vez domesticados los principales partidos políticos tradicionales de “derecha” y de “izquierda”, los sindicatos y las organizaciones de la llamada sociedad civil, estas oligarquías ejercen ahora un poder político absoluto y el clero mediático a su servicio fabrica la desinformación necesaria para despolitizar las opiniones públicas.

Las oligarquías han suprimido el alcance antiguo del pluripartidismo y lo han sustituido prácticamente por un régimen de partido único del capital monopolista. Privada de sentido, la democracia representativa pierde su legitimidad.

Este sistema del capitalismo tardío contemporáneo, perfectamente cerrado, cumple los criterios del “totalitarismo” que, sin embargo, bien se cuidan muchos de aplicárselo.

Un totalitarismo que de momento todavía es “blando”, pero que siempre está dispuesto a recurrir a la violencia extrema cuando las víctimas – la mayoría de trabajadores y pueblos –, con su posible revuelta, llegan a cuestionarlo.

Las transformaciones múltiples asociadas a este llamado proceso de “modernización” deben valorarse a la luz de la evolución principal caracterizada en las líneas precedentes.

Así sucede con los grandes desafíos ecológicos (en particular la cuestión del cambio climático), a los que el capitalismo no es capaz de responder (y el acuerdo de París en torno a este problema no es más que arena lanzada a los ojos de las opiniones ingenuas), del mismo modo que los avances científicos y las innovaciones tecnológicas (la informática, entre otras) están estrictamente sometidos a las exigencias de rentabilidad financiera que deben reportar a los monopolios.

El elogio de la competitividad y de la libertad de los mercados, que los medios de comunicación sumisos califican de garantes de la expansión de las libertades y de la eficacia de las intervenciones de la sociedad civil, constituye un discurso que se halla en las antípodas de la realidad, animada por los conflictos violentos entre fracciones de las oligarquías dominantes y reducida a los efectos destructivos de su gobernanza.

2.- En su dimensión planetaria, el capitalismo contemporáneo sigue actuando con la misma lógica imperialista que ha caracterizado todas las etapas de su despliegue globalizado (la colonización del siglo XIX constituyó una forma evidente de globalización).



La “globalización” contemporánea no es ninguna excepción a esta regla: se trata de una forma nueva de globalización imperialista y no de otra cosa. Este término comodín, sin calificativo, oculta la gran realidad: el despliegue de estrategias sistemáticas desarrolladas por las potencias imperialistas históricas (Estados Unidos, países de Europa occidental y central, Japón), encaminadas al objetivo de saquear los recursos naturales del Gran Sur y explotar sus fuerzas de trabajo de acuerdo con las exigencias de la deslocalización y la subcontratación. Dichas potencias pretenden conservar su “privilegio histórico” e impedir que todas las demás naciones abandonen su condición de periferias dominadas.

La historia del siglo pasado fue precisamente la de la revuelta de los pueblos de las periferias del sistema mundial, comprometidos con la desconexión socialista o con las formas atenuadas de la liberación nacional, que actualmente se hallan en compás de espera.

De ahí que la recolonización en curso, privada de legitimidad, no deje de ser frágil. Por esta razón, las potencias imperialistas históricas de la tríada han instaurado un sistema de control militar colectivo del planeta, dirigido por Estados Unidos. La pertenencia a la OTAN, indisociable de la construcción europea, al igual que la militarización de Japón, traducen esta exigencia del nuevo imperialismo colectivo que ha tomado el relevo de los imperialismos nacionales (de Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Alemania, Francia y algunos más), antaño enfrentados en conflicto permanente y violento.

En estas condiciones, la construcción de un frente internacionalista de los trabajadores y de los pueblos de todo el planeta debería constituir el eje principal del combate frente al desafío que representa el despliegue capitalista imperialista contemporáneo.

3.- Frente al desafío definido en los apartados precedentes, la magnitud de las insuficiencias de las luchas protagonizadas por las víctimas del sistema es apabullante.

Los puntos débiles de estas respuestas populares son de naturaleza diversa y las clasificaré bajo las rúbricas siguientes:

(a) La extrema dispersión de las luchas, del plano local al mundial, siempre específicas, circunscritas a lugares y ámbitos particulares (ecología, derechos de las mujeres, servicios sociales, reivindicaciones comunitarias, etc.). Las escasas campañas de alcance nacional o siquiera mundial apenas han obtenido éxitos significativos que hayan comportado un cambio de las políticas aplicadas por los poderes; y muchas de estas luchas han sido absorbidas por el sistema y alimentan la ilusión de la posibilidad de reformarlo.

El periodo, sin embargo, se caracteriza por una fuerte aceleración de procesos de proletarización generalizados: casi la totalidad de las poblaciones de los centros están sujetas ya a la condición de trabajadores asalariados vendedores de su fuerza de trabajo, la industrialización de regiones del Sur ha dado pie a la constitución de proletariados obreros y de clases medias asalariadas, al tiempo que los campesinados están plenamente integrados en el sistema mercantil.

No obstante, las estrategias políticas aplicadas por los poderes han logrado dispersar a este gigantesco proletariado en fracciones diferenciadas, a menudo enfrentadas entre sí. Es preciso superar esta contradicción.

(b) Los pueblos de la tríada han renunciado a la solidaridad internacionalista antiimperialista, sustituida en el mejor de los casos por campañas “humanitarias” y programas de “ayuda” controlados por el capital monopolista.

Las fuerzas políticas europeas herederas de las tradiciones de izquierda se adhieren de este modo, en gran medida, a la visión imperialista de la globalización.

(c) Una nueva ideología de derechas ha obtenido la adhesión de los pueblos.

En el Norte se ha abandonado el tema central de la lucha de clases anticapitalista – que ha quedado reducido a su expresión más parcelaria – en beneficio de una pretendida redefinición de la “cultura social de izquierda”, comunitarista, que separa la defensa de derechos particulares del combate general contra el capitalismo.

En algunos países del Sur, la tradición de las luchas que asociaban el combate antiimperialista con el progreso social ha cedido el puesto a ilusiones retrógradas y reaccionarias de expresión pararreligiosa o pseudoétnica.

En otros países del Sur, los logros de la aceleración del crecimiento económico en el transcurso de los últimos decenios alimentan la ilusión de que es posible construir un capitalismo nacional “desarrollado”, capaz de imponer su participación activa en la configuración de la globalización.



Dr. Samir Amin, reconocido y prestigiado Eonomista Egipcio-francés, Marxista, es hoy uno de los grandes pensadores del Socialismo Científico. Sus aportes intelectuales constituyen hoy una rica "biblioteca marxista" en la lucha que sugiere por la Formación de una "Nueva" Internacional de Trabajadores y de los Pueblos, como mecanismo de defensa, como herramienta de lucha política ante la crisis del capitalismo. 
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4.- El poder de las oligarquías del imperialismo contemporáneo parece indestructible, en los países de la tríada e incluso a escala mundial (el “fin de la historia”). La opinión pública acepta su disfraz de “democracia de mercado” y lo prefiere a su adversario del pasado – el socialismo –, denigrado con los calificativos más odiosos (autocracias criminales, nacionalistas, totalitarias, etc.). Sin embargo, este sistema no es viable por muchas razones:

(a) El sistema capitalista contemporáneo se muestra “abierto” a la crítica y la reforma, inventivo y flexible. Empiezan a manifestarse voces que pretenden poner fin a los abusos de sus finanzas incontroladas y a las concomitantes políticas de austeridad permanente, para de este modo “salvar el capitalismo”.

Claro que estos llamamientos no tendrán respuesta: las prácticas actuales están al servicio de los intereses de las oligarquías de la tríada – los únicos que cuentan –, a las que garantizan el crecimiento continuo de su riqueza a pesar del estancamiento económico en que se halla la tríada.

(b) El subsistema europeo es parte integrante de la globalización imperialista. Fue concebido dentro de un espíritu reaccionario, anti-socialista, pro-imperialista, sometido a la dirección militar de Estados Unidos. Alemania ejerce en él la hegemonía, en particular en el marco de la zona del euro y en la Europa oriental anexionada como lo está América Latina por Estados Unidos. La “Europa alemana” sirve a los intereses nacionalistas de la oligarquía germana, expresados con arrogancia, como se ha visto en la crisis griega.

Esta Europa no es viable y su implosión ya ha comenzado.

(c) La paralización del crecimiento en los países de la tríada contrasta con su aceleración en las regiones del Sur que han sabido sacar provecho de la globalización. Se ha concluido con excesiva precipitación que el capitalismo está vivo, pero que su centro de gravedad se desplaza de los viejos países del Occidente atlántico hacia el Gran Sur, especialmente el asiático.

En realidad, los obstáculos a la continuación de este proceso correctivo de la historia están llamados a adquirir cada vez más amplitud en la violencia de su movilización, por medio, entre otras cosas, de agresiones militares. Las potencias imperialistas no están dispuestas a permitir que un país cualquiera de la periferia – grande o pequeño – se libere de su dominación.

(d) Las devastaciones ecológicas, necesariamente asociadas a la expansión capitalista, vienen a reforzar los motivos por lo que este sistema no es viable.

El momento actual es el del “otoño del capitalismo”, sin que este se vea intensificado por el advenimiento de la “primavera de los pueblos” y de la perspectiva socialista. La posibilidad de amplias reformas progresistas del capitalismo en su estadio actual no es más que una ilusión. No hay otra alternativa que la que haría posible un repunte de la izquierda radical internacionalista, capaz de implementar, y no solo de imaginar, avances socialistas.

Hay que salir del capitalismo en crisis sistémica y no intentar la imposible salida de esta crisis del capitalismo.

En una primera hipótesis, no parece que nada decisivo vaya a afectar a la adhesión de los pueblos de la tríada a su opción imperialista, particularmente en Europa.

Las víctimas del sistema seguirán siendo incapaces de concebir al abandono de los caminos trillados del “proyecto europeo”, la desconstrucción necesaria de este proyecto, indispensable paso previo a su reconstrucción posterior con una visión distinta.

Las experiencias de Syriza, de Podemos, de Francia Insumisa, las vacilaciones de Die Linke y otras formaciones son una muestra de la amplitud y la complejidad del desafío.

La acusación fácil de “nacionalismo” lanzada contra los críticos de Europa no se sostiene. El proyecto europeo se reduce cada vez más visiblemente al del nacionalismo burgués de Alemania.

No hay alternativa, en Europa ni en todas partes, a la implementación paso a paso de proyectos nacionales populares y democráticos (no burgueses, sino anti-burgueses) que procedan a la desconexión de la globalización imperialista. Es preciso deconstruir la centralización a ultranza de la riqueza y del poder asociado al sistema imperante.

En esta hipótesis, lo más probable será un remake del siglo XX: avances emprendidos exclusivamente en algunas periferias del sistema.

Claro que entonces hay que ser conscientes de que estos avances serán frágiles, como lo han sido los del pasado, y por esa misma razón – a saber, la guerra permanente que los centros imperialistas han lidiado contra ellos – se caracterizarán por sus limitaciones y derivas. *En cambio, la hipótesis de una progresión de la perspectiva del internacionalismo de los trabajadores y de los pueblos abriría la vía a otras evoluciones, necesarias y posibles.*

La primera de estas vías es la de la “decadencia de la civilización”. Esta implica que nadie controla el devenir de los acontecimientos, que se abren camino por la mera “fuerza de las cosas”. En nuestra época, teniendo en cuenta el potencial destructivo de que disponen los poderes (destrucciones ecológicas y militares), el riesgo – denunciado por Marx en su momento – de que los combates destruyan a todos los bandos enfrentados es real.

La segunda vía, en cambio, exige la intervención lúcida y organizada del frente internacionalista de los trabajadores y los pueblos.

5.- La puesta en marcha de la construcción de una nueva Internacional de los trabajadores y los pueblos debería constituir el objetivo principal de la labor de los mejores militantes convencidos del carácter odioso y abocado al fracaso del sistema capitalista imperialista mundial.

La responsabilidad es enorme y la tarea exigirá años de esfuerzo antes de dar resultados tangibles. Por mi parte planteo las siguientes propuestas:

(a) El objetivo es crear una Organización (la nueva Internacional) y no simplemente un “movimiento”. Esto implica que debemos ir más allá de la concepción de un foro de debates. Implica asimismo que se calibren debidamente las insuficiencias asociadas a la idea, todavía dominante, de “movimientos” pretendidamente horizontales, hostiles a las llamadas organizaciones verticales, so pretexto de que estas últimas son por su propia naturaleza antidemocráticas. La organización nace de la acción que segrega por sí misma los círculos “dirigentes”. Estos últimos pueden aspirar a dominar e incluso manipular a los movimientos, pero también cabe protegerse frente a este peligro mediante unos estatutos apropiados. Un tema a debatir.

(b) Hay que estudiar en serio la experiencia de la historia de las Internacionales obreras, por mucho que se piense que forman parte del pasado. No para “escoger” un modelo entre ellas, sino para inventar la forma más apropiada en las condiciones actuales.

(c) La invitación debe dirigirse a un buen número de partidos y organizaciones en lucha. Conviene crear lo antes posible un comité encargado de la puesta en marcha del proyecto.

(d) No he querido sobrecargar este texto, pero me remito a textos complementarios (en francés e inglés):

i) un texto fundamental sobre la unidad y la diversidad en la historia moderna de los movimientos socialistas;
ii) un texto relativo a la implosión del proyecto europeo;
iii) varios textos relativos a la audacia requerida en la perspectiva del relanzamiento de las izquierdas radicales, a la lectura de Marx, a la nueva cuestión agraria, a las lecciones de Octubre de 1917 y la del maoísmo, así como al necesario relanzamiento de proyectos nacionales populares.

Artículo publicado en el boletín Nº 11 del Grupo de Trabajo de CLACSO “Crisis y Economía Mundial”.

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